
Llegó la cita de cada año con el Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle, precedida de la tradicional cola para las entradas de los espectáculos no gratuitos, buscando esas escasas joyas escénicas que durante la última semana de mayo se pueden ver en Valladolid.
El sabor que el aficionado recibe del festival es agridulce. Por un lado su existencia es muy positiva y el amplio abanico de disciplinas artísticas que incluye (teatro, danza, música, performance, instalaciones, variedades, etc.) contribuye a la riqueza ecléctica que corresponde a un festival del siglo XXI.
Sin embargo existen lagunas organizativas y de programación. Organizativas debido a que mientras los espectáculos de los días laborales se pueden disfrutar adecuadamente, especialmente por las mañanas, con la masificación del fin de semana se pierde la visibilidad y la atención. Sería necesario estudiar que un porcentaje de los espectáculos se realicen sobre plataformas que permitan seguirlos con más comodidad. Además se producen un buen número de retrasos significativos en el inicio de las actuaciones, lo que provoca el que ya no se pueda llegar al comienzo del siguiente que se ha planificado. Por otra parte, es un gran acierto el que cada año se amplíen los lugares de actuación, este año especialmente con el LAVA.
En cuanto a la programación, dividida básicamente en la Sección Oficial y "Valladolid propone", adolece a mi entender de propuestas que se esfuercen por desarrollar historias y dramaturgias en las que la construcción de los personajes sea más elaborada, incluyendo la utilización de partes textuales con mayor frecuencia, es decir, que el teatro de calle tenga algo más de espacio respecto de la preponderancia de las artes de calle.
En todo caso, este festival, junto con la Seminci, son dos razones culturales por las que esta ciudad puede estar orgullosa.